Ciudad receptiva, la smart city que nos deja decidir

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Las ciudades nos observan. Todo tipo de sensores y cámaras recogen información sobre nuestros hábitos, la manera que tenemos de desplazarnos e incluso el aire que respiramos. Muchos espacios urbanos se han convertido en una especie de laboratorio en el que miles de sujetos y parámetros son escudriñados para tomar decisiones a partir de los datos recopilados.

Es la era de las smart cities o ciudades inteligentes, capaces de ver, sentir y pensar por nosotros. Y precisamente es en ese “por nosotros” donde se encuentra su principal debilidad. Un problema que las ciudades responsive o receptivas parecen dispuestas a resolver.

Integrar al ciudadano en la toma de decisiones sobre cómo debe ser una ciudad es el último gran hito al que aspiran urbes de todo el mundo. Se trata de ponerlo en el centro e implicarlo en ese proceso, más que limitarse a observarlo para intentar resolver sus problemas. Una revolución que ha encontrado en los smartphones la herramienta perfecta para su expansión.

De la ciudad instrumental a la receptiva

Ciudad receptiva usa sensores

En las últimas décadas, el avance de la tecnología llevó a nuestras ciudades a llenarse de sensores. De los semáforos a las estaciones de bicicletas públicas, miles de elementos urbanos empezaron a equiparlos. La idea consiste en cuantificar todo lo cuantificable, ya que, si queremos analizar algo, lo primero que hay que hacer es medirlo.

Surgieron así las ciudades instrumentadas, que eran capaces de recoger datos y desplegarlos. De esta forma, las autoridades podían saber cuándo se producían atascos o cuántos días al año se sobrepasaban los valores máximos permitidos de contaminación en el aire.

El siguiente paso en esta evolución lo dieron las ciudades inteligentes, que añadieron una nueva capa al proceso de recopilación de datos de la ciudad instrumental. Sobre los sensores se desplegaron algoritmos, inteligencia artificial, plataformas y ciencia de datos, que permiten comprender no solamente lo que se ha medido, sino también su importancia. De esta manera, se generan perspectivas útiles desde las cuales se pueden tomar decisiones efectivas.

«Hacer que los ciudadanos pasen de ser sujetos pasivos a adoptar un rol activo es lo que promete el concepto de ciudad receptiva. Utilizarán la tecnología para generar y compartir datos, informar sobre incidentes o presentar propuestas»

La llegada de las ciudades inteligentes permitió, por ejemplo, saber por qué ocurren los atascos, cómo afectan a la movilidad general en el entorno urbano e incluso construir modelos que ayuden a predecirlos. Todo ello mediante la observación del comportamiento de los ciudadanos.

Así, tenemos la información (los datos de la ciudad instrumental) y el software capaz de ayudarnos a tomar decisiones (la tecnología de la ciudad inteligente). Solo falta la capa que permita implicar a los habitantes en la elaboración y ejecución de esas decisiones. Hacer que pasen de ser sujetos pasivos, observados, a adoptar un rol activo para situarse en el centro de la acción. Eso es lo que promete el concepto de ciudad receptiva, el último escalón en la evolución urbana. En ella, los ciudadanos utilizan la tecnología para generar y compartir datos, informar sobre incidentes o presentar propuestas.

El ciudadano toma la iniciativa

Ciudadana usa su smartphone en una ciudad receptiva

La popularización de los smartphones y la tecnología del Internet de las Cosas permitió a los habitantes de las ciudades inteligentes empezar a generar y compartir datos sobre su entorno. Ya no eran los sensores instalados en las calles los únicos encargados de proveerlos: los ciudadanos tomaron la iniciativa y empezaron a mostrar su particular punto de vista acerca de su entorno.

Pensemos en todas las fotografías que se comparten en redes sociales para denunciar la presencia de coches sobre las aceras o de obstáculos a personas con diversidad funcional. También en los lugares que reseñamos cuando vamos de vacaciones. Incluso en la información que envían los smartphones a las apps de navegación para que puedan avisar a otros usuarios sobre tramos de tráfico lento y proponerles rutas alternativas.

«Las decisiones se podrán tomar teniendo en cuenta los deseos y circunstancias de cada ciudadano, más allá de las estadísticas generalizadas (…). Todos están invitados a participar en la ciudad receptiva»

Todas estas son muestras de la necesidad de desarrollar ciudades receptivas, capaces de escuchar a las personas para adaptarse a ellas. De esta manera, las decisiones se podrán tomar teniendo en cuenta los deseos y circunstancias de cada ciudadano, más allá de las estadísticas generalizadas. No importa que sea un turista, un vecino o un visitante por razones de trabajo, todos están invitados a participar en la ciudad receptiva.

Barcelona, el km 0 de las ciudades receptivas

Barcelona, kilómetro cero de las ciudades receptivas

Barcelona, una de las smart cities más vanguardistas a nivel mundial, ha decidido dar un paso más allá en el uso de la tecnología para mejorar la ciudad y convertirse en el km 0 de las ciudades receptivas.

De hecho, la capital catalana ha modificado la visión de su estrategia digital y comenzado a trabajar sobre principios como los derechos digitales, la inclusión social, la participación y el control de los ciudadanos sobre sus propios datos. Todos ellos son claves para conseguir una implicación real de los ciudadanos en la toma de decisiones, uno de los principales retos que encaran las ciudades receptivas.

«Los habitantes de la Plaza del Sol, cansados de denunciar el ruido nocturno, utilizaron un proyecto europeo, Making Sense, que anima a los ciudadanos a usar sensores, registrar datos y exigir o crear soluciones a sus problemas»

Sobre estas bases, Barcelona ha puesto en marcha algunas iniciativas destinadas a modelar la ciudad en torno a las necesidades de sus habitantes. Una de ellas es Decidim, una plataforma digital que sirve para experimentar con la democracia participativa, desarrollada sobre software de código abierto. Con más de 31.000 usuarios registrados, ha permitido a la ciudad recoger y adoptar unas 9.000 propuestas realizadas por ciudadanos.

Tecnología y ciudadanos, la clave del éxito

Ciudadanos caminando por una ciudad receptiva

La apuesta de Barcelona por promover el emprendimiento tecnológico, cuyo máximo exponente es el distrito 22@, también ha derivado en experiencias que ayudarán a ciudades de todo el mundo a ser más receptivas. Precisamente allí fue donde nació el algoritmo Arturo, que analiza las opiniones de los ciudadanos para saber qué hace que una ciudad sea más habitable.

Además, toda el área metropolitana se ha convertido en un campo de pruebas para la tecnología 5G e IoT en entorno real. El proyecto Barcelona 5G no solo persigue el desarrollo de estas herramientas, también busca nuevas vías para transformar la manera en que las personas se relacionan con la ciudad.

Sin embargo, tal vez el ejemplo más llamativo de Barcelona como ciudad receptiva no ha partido de una iniciativa municipal o empresarial. Fueron los propios vecinos quienes se armaron de tecnología para conseguir que Barcelona los escuchara.

Los habitantes de la Plaza del Sol, cansados de denunciar el ruido nocturno de la zona, utilizaron un proyecto europeo, Making Sense, que anima a los ciudadanos a utilizar sensores, registrar datos y exigir o crear soluciones a sus problemas. Así, sembraron la zona de sonómetros con el objetivo de crear una base de datos sobre la contaminación acústica del lugar con la que poder reclamar al Ayuntamiento medidas para acabar con el ruido.

Poner al ciudadano en el centro es la clave de las ciudades receptivas, un enfoque que ayudará a resolver muchos de los desafíos que afronta el urbanismo. Especialmente cuando se espera que dos de cada tres personas habiten en entornos urbanos en 2050. Desarrollarlos de manera inclusiva y amable con sus ciudadanos será imprescindible para su sostenibilidad.

Imágenes | iStock: metamorworks, chombosan, TomasSereda, bee32. Unsplash: Annie Spratt.

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