José Fariña, catedrático de Urbanismo: “La `Smart City´ no es adecuada para afrontar los problemas básicos de las ciudades”

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Dr. Arquitecto, licenciado en Derecho, técnico urbanista del IEAL (Instituto Universitario de Estudios sobre América Latina) y máster en Organización de Empresas, José Fariña es un sabio modesto, de aspecto desgarbado y frágil. Pero lejos de pensar en retirarse a descansar y disfrutar de los recuerdos de su larguísima trayectoria académica y profesional, este catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Madrid, maestro de varias generaciones de urbanistas, sigue haciendo gala de la energía propia de un adolescente e imponiéndose una agenda repleta de foros, congresos, cursos, ponencias y todo tipo de actos. 

Su blog, que mantiene con fervor rigorista, es una referencia para cualquier interesado en cuestiones de urbanismo y sostenibilidad. Pese a ello ha encontrado tiempo para contestar a nuestras preguntas y darnos algunas pistas sobre sobre los retos a los que se enfrenta nuestro país en estas materias. 

-Los excesos han provocado que el urbanismo tenga ahora mala fama en España y, sin embargo, hemos sido muchas veces ejemplo de buenas prácticas ¿qué aspectos de nuestro modelo urbanístico pueden servir de referencia para otros países? 

Sobre todo el contar con un procedimiento legal común de transformación del suelo no urbano en urbano con todas las garantías: el plan de urbanismo. Procedimiento legal que es la principal virtud del modelo, pero también la raíz de nuestros males. 

“En la mayor parte del planeta ya solo existe vida urbana. La rural ha desaparecido. Por ejemplo, hay urbanitas que se dedican a trabajos de oficina y otros a labores agrícolas. Pero el modo de vida es urbano”
José Fariña, arquitecto y catedrático de Urbanismo

-Y, la otra cara de la moneda, ¿qué lecciones debemos aprender de nuestros errores?

Precisamente este procedimiento ha posibilitado tanto la llamada “corrupción urbanística” como la existencia de múltiples dificultades para flexibilizar el sistema. Hasta tal punto que he llegado a definir en algún trabajo el plan de urbanismo, no como la previsión de las necesidades futuras de un territorio, sino como la garantía del inversor inmobiliario. Algunos de estos problemas se han intentado atajar no consolidando, por ejemplo en algunos casos, el valor en expectativa de los suelos urbanizables pero no urbanizados, aunque, de momento, no ha tenido demasiado éxito.

-La tendencia global al aumento de la población de las ciudades está generando vacíos demográficos, presiones sobre los recursos naturales y graves problemas de gobernanza. ¿Considera inevitable la concentración de la población en la costa y en las ciudades en nuestro país?

Hace años ya traté este problema hablando de asimetría en el territorio. Todo cambió en el momento en el que desapareció el modo de vida rural. Durante muchos años convivieron dos formas de vida, la rural y la urbana. Hay muchos trabajos dedicados a caracterizarlas pero en el siglo XXI, en la mayor parte del planeta ya solo existe vida urbana. La rural ha desaparecido. Por ejemplo, hay urbanitas que se dedican a trabajos de oficina y otros a labores agrícolas. Pero el modo de vida es urbano.

“Desde el punto de vista de la llamada sostenibilidad, se proponen como recomendables las ciudades intermedias, densas, compactas y no fragmentadas”
José Fariña, arquitecto y catedrático de Urbanismo

-¿Cómo deberíamos gobernar el proceso? ¿qué hacemos con la España vaciada?

El problema básico es que el modo de vida urbano está pensado para una población concentrada, que se basa en economías de escala. De forma que cuanta más población reunida en un sitio mejor funcionan las ciudades. Hasta un límite, por supuesto, de forma que a partir de determinada población las cosas empiezan a funcionar cada vez peor y todo es más costoso. Por tanto parece que las ciudades intermedias serían el ideal al que tender. Ahora bien, esto no significa que no deban existir ciudades grandes y muy grandes. Es lo que podríamos llamar la necesidad de complejidad en el sistema de ciudades.

Desde el punto de vista de la llamada sostenibilidad, se proponen como recomendables las ciudades: intermedias, densas, compactas y no fragmentadas. Si se pretende reproducir el modo de vida urbano en cualquier punto del territorio con pequeños núcleos de población distribuidos por todos sitios, el sistema colapsa. Es decir, en el territorio disperso y en el diseminado no todo el mundo puede tener un colegio, un hospital o un centro de la tercera edad a medio kilómetro de su residencia. Y no solo colapsa el sistema urbano, también la naturaleza. Cuando existía, el modo de vida rural funcionaba como un gradiente intermedio entre el modo de vida urbano y la naturaleza. Ahora este gradiente ha desaparecido. La situación a día de hoy es complicada porque estamos en un momento de transición pero hay que analizar la cuestión desde la situación de todo el territorio y no solo de una parte.

“Si desaparecen los ecosistemas naturales que son el soporte de las ciudades…bueno, ya podemos ir pensando en irnos a otro planeta”
José Fariña, arquitecto y catedrático de Urbanismo

-Para lograr la visión integrada de urbanismo y sociedad que defiende (no en vano su blog se llama “Urbanismo, territorio y paisaje”) ¿considera deseable una planificación vinculante del territorio o bien cree necesaria una segunda descentralización efectiva del urbanismo en los ayuntamientos, circunscribiendo la tutela del poder autonómico a unas pocas directrices supramunicipales?

Es imprescindible ver el territorio en su conjunto. Por ejemplo, la agricultura o la ganadería de proximidad no solo tienen que ver con la disminución de los costes ecológicos del transporte de alimentos, sino también por la posibilidad de vida urbana para algunas personas que se dedican a la agricultura o la ganadería como oficio. 

Y la necesidad de preservar los ecosistemas, que son en definitiva los que permiten esta forma de vida urbana, está por encima de todo. Si desaparecen los ecosistemas naturales que son el soporte de las ciudades… bueno, ya podemos ir pensando en irnos a otro planeta. 

“El hecho de que millones de personas se desplacen cuanto más lejos mejor (…), se hagan un selfie, lo suban a las redes sociales y vuelvan muy contentos, es inasumible desde el punto de vista ecológico y de los límites del planeta”
José Fariña, arquitecto y catedrático de Urbanismo

– La evolución del centro de nuestras ciudades parece abocar a la expulsión de sus habitantes tradicionales. ¿Hay que aceptar sin más esos cambios como imparables o intentar encauzarlos a través de instrumentos como las ordenanzas municipales o bien debemos intervenir de manera decidida corrigiendo las tendencias que se observan?

El primer problema es el turismo tal y como está concebido en estos momentos. El hecho de que millones de personas se desplacen cuanto más lejos mejor de su lugar de residencia, lo que significa millones de kilómetros en avión, se hagan un selfie, lo suban a las redes sociales y vuelvan muy contentos a su lugar de origen, es inasumible desde el punto de vista ecológico y de los límites del planeta.

Habría que ir cambiando el sistema hacia un turismo más ecológico. Sencillamente, este tipo de turismo intensivo no se sostiene. En cualquier caso, en el período de transición en el que nos encontramos, bienvenidas sean leyes y ordenanzas que intentan encauzar en la medida de lo posible esta actividad sin objeto, que, efectivamente, está destrozando la convivencia en los barrios y sus sistemas identitarios más profundos.

Quien esté interesado en un desarrollo más amplio de este tema en relación a la identidad de los grupos, lo que Maurice Halbwachs llama la memoria colectiva, puede leer un artículo que acabo de publicar en el número 216 de la Revista de Estudios Turísticos donde se puede encontrar abundante bibliografía.

– Decía el arquitecto Jan Gehl que los coches son como una invasión de ratas, algo letal. ¿Qué opina de la pacificación de los cascos urbanos a través de la restricción del tráfico privado?

Estoy totalmente de acuerdo con Jan Gehl. En un trabajo que hemos terminado recientemente para el Ministerio de Sanidad y la FEMP sobre cómo conseguir ciudades más saludables, de las tres orientaciones que se plantean, probablemente la más significativa sea la de cambiar el modelo de una ciudad pensada para el coche en otra pensada para el peatón.

Pero esto tampoco es sencillo, se requieren una serie de condiciones que hagan este cambio posible. Casi todas urbanísticas pero también es necesario cambiar los valores. Ahora bien, si los urbanistas no lo hacemos posible, por mucho que cambien los valores, no se conseguirá.

Hay que decir que los objetivos de salud pública coinciden casi punto por punto con los objetivos de “sostenibilidad”. Es decir, que ayudan a que no sobrepasemos los límites del planeta. No se trata tanto de prohibir la circulación de coches, sino más bien de no hacerla necesaria.

-¿No provocará a largo plazo una mayor gentrificación y huida de los vecinos?

Pienso que justamente se producirá el efecto contrario.

-Uno de tus temas preferidos es el del uso del espacio público en las ciudades. La impresión que uno tiene es que el aspecto de las áreas de recreo, las zonas verdes, las plazas… ha mejorado mucho en España. Pero, ¿cree que su diseño está de verdad sirviendo para mejorar las relaciones sociales y la calidad de vida?

Sí, se ha avanzado mucho, aunque en algunos casos priorizando objetivos secundarios y abandonando las cuestiones verdaderamente importantes. Pero es un tema tan complicado que requeriría una conferencia bastante larga o incluso un curso para abordarlo convenientemente.

“La “Smart City” no es una herramienta adecuada para afrontar los problemas básicos de los contextos urbanos. Pero puede ayudar si el control lo tiene la comunidad y si cuenta con sistemas abiertos”
José Fariña, arquitecto y catedrático de Urbanismo

-La nueva cultura es global y digital pero los problemas más acuciantes de nuestras ciudades, como la desigualdad, las carencias del transporte público, la inseguridad y la contaminación son concretos y materiales. ¿Es la `Smart City´ una herramienta adecuada para afrontar los problemas básicos de los contextos urbanos?

No. Así de rotundo. Se trata de un tema el que he dedicado muchas horas de trabajo e investigación. Por supuesto que puede ayudar. Pero no precisamente tal y como se está planteando en la mayor parte de los casos. Puede ser una ayuda inestimable pero en el supuesto de que cumplan determinadas condiciones. 

Son muchas, pero hay dos que destacan sobre todas las demás y que no querría dejar de mencionar. La primera es que el control siga siendo de la comunidad. Y para ello los datos tienen que ser accesibles de dos formas: elaborados y comprensibles mediante criterios públicos y conocidos; y en bruto, de acceso sin restricciones a los investigadores y profesionales. Y la segunda es que se trate de sistemas abiertos, no propietarios. Hay muchas más condiciones pero, sin estas dos, más que ayudar, las llamadas Smart Cities solo servirán como sistemas casi perfectos de manipulación social.

-El vigente texto refundido de la ley de suelo y rehabilitación urbana propugna dar preferencia a la rehabilitación, la regeneración y la renovación urbanas antes que a la expansión infinita. ¿Cree que ese principio ha sido hoy por hoy asumido por promotores, ciudadanos y políticos?

Empieza a ser asumido. Sobre todo porque no se ve otra salida más o menos racional al tema. 

“El hecho de que millones de personas se desplacen cuanto más lejos mejor (…), se hagan un selfie, lo suban a las redes sociales y vuelvan muy contentos, es inasumible desde el punto de vista ecológico y de los límites del planeta”
José Fariña, arquitecto y catedrático de Urbanismo

-Participó en la redacción de la Guía metodológica para la mitigación y adaptación al cambio climático en el planeamiento urbano, publicada en 2015 por la FEMP y la Oficina Española de Cambio Climático, ¿por dónde empezamos para hacer que nuestras ciudades sean activas en la lucha contra el cambio climático?  

Cuando se publicó la Guía, las urgencias ya eran urgentes. Pero, a día de hoy, la situación es de emergencia. Es decir que, sin abandonar las necesidades de mitigación, hay que empezar a elaborar planes de adaptación porque el cambio ya lo tenemos en funcionamiento. 

En este país, básicamente hay que empezar a luchar contra la desertificación, ver cómo se pueden controlar las riadas y los incendios, y empezar a tomar medidas respecto a la subida del nivel del mar, las olas de calor y la obtención de agua. Hay situaciones sangrantes que nadie sabe cómo se mantienen. No hablo ya de la inexistencia de planes para controlar lo que viene es que, a día de hoy, hay comunidades autónomas que tienen clasificado el 30% de su urbanizable en zonas inundables calculadas para una situación anterior a la actual de cambio climático. 

Prefiero no pensar en los cálculos para una situación de riesgo como la que se avecina. Y es que lo sistemas actuales de previsión se basan, cuando lo hacen, en series de datos históricos. Por ejemplo, llanuras de inundación para tormentas con períodos de retorno de 50 años, de 100 ó  de 200. Pero los nuevos sistemas de cálculo ya no se pueden basar en series históricas, sino más bien en sistemas prospectivos de gestión de riesgos.

-Al hilo de la pregunta anterior, desde un punto de vista más amplio, la forma en que funcionan actualmente las ciudades del mundo entero, consumiendo recursos naturales a menudo de lugares muy lejanos, expulsando residuos y contaminación, es profundamente insostenible. ¿Es posible modificar el metabolismo urbano para lograr ciudades saludables, sostenibles, neutras en carbono e integradas en su entorno?  

Sí, claro que sí. Pero hay que cambiar bastantes cosas. Algunas ya las he respondido en preguntas anteriores, pero el cambio principal se tiene que dar en la mentalidad de la gente. No puede ser que determinados políticos, sin conocimiento científico alguno de la situación de emergencia en la que nos encontramos, se permitan afirmaciones sin ningún rigor y únicamente encaminadas a arañar unos votos sin pensar en las consecuencias que tendrán para sus hijos o para ellos mismos. 

Esta ceremonia de la confusión a la que son tan aficionados algunos es la que está, en parte, impidiendo este cambio. Pero, a pesar de todo, el cambio se está produciendo.

-Se ha hablado muchísimo del carácter aparentemente pasivo del ciudadano medio, que solo se preocupa del urbanismo cuando le afecta directamente (nadie quiere tener al lado de casa un equipamiento “molesto”) o por puro interés especulativo. ¿Cómo se puede podríamos lograr, en los procesos de planificación urbana, una mayor implicación cívica?

Probablemente cuando se modifique el sentido de los planes y se conviertan de verdad en la forma de visualizar cómo será su ciudad en el futuro y no solo en la respuesta a la pregunta ¿qué se puede hacer en mi terreno? Lo que significa verdadera participación de la colectividad en la formación de los planes

Aquí soy más optimista porque conozco bastantes ejemplos de procesos que se empieza a hacer bien. De todas formas, la planificación siempre la he entendido como un proceso, no como un momento. Ya hace años, cuando escribí junto a José Manuel Naredo “El libro blanco de la sostenibilidad en el planeamiento urbanístico español”, proponíamos la progresiva sustitución de los planes por oficinas de planificación, estables, permanentes y en relación directa con la colectividad correspondiente. 

-Finalmente, si tuviera la oportunidad de convertirte en un gestor político con responsabilidades en las decisiones urbanísticas de tu municipio, ¿cuál sería tu primera medida?

¡No, por Dios! No sería capaz de ser un gestor político. Pienso que es una de las actividades más difíciles y comprometidas que uno puede asumir. Bastante tengo con dedicarme a la investigación para explicar a esos gestores la situación real de aquello que tienen que gestionar. 

Pero si me viera en esa hipotética situación probablemente lo primero que haría sería tratar de enterarme sin prejuicios de la realidad sobre la que actuar. Y digo “sin prejuicios” en el sentido de evitar las ideas preconcebidas con las que todos nos encontramos tan cómodos porque nos liberan de pensar y de cambiar objetivos y valores.

Texto: Mariano Oliveros

Imágenes: Cedidas por José Fariña / iStock/Lord_Kuernyus / olli0815

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