Las ciudades también tienen salud: así son la biofilia y el metabolismo urbano

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Las ciudades son un hervidero de actividad 24 horas al día. Vehículos en movimiento, personas de aquí para allá, bienes comprados y consumidos… Esta realidad resulta muy poco sostenible y tiene un fuerte impacto en la propia salud de muchas ciudades, cada día más contaminadas y dependientes de su entorno.

Para evitarlo, algunos estudios analizan las ciudades como si fuesen seres vivos que nacen, respiran, crecen, consumen, generan residuos y podrían, llegado un punto, hasta morir. Mantenerlas en buen estado pasa por entender cómo funciona su metabolismo y garantizar su salud y la de sus habitantes.

Espacios verdes y “biofilia urbana”

El término biofilia hace referencia a la conexión que existe entre el ser humano y la naturaleza. Una conexión que a menudo desaparece en las ciudades, desprovistas de espacios verdes. Sin embargo, en los últimos años, el concepto ha empezado a usarse también en relación al urbanismo.

Las ciudades biofílicas son aquellas que permiten a sus habitantes mantener un estilo de vida en el que la naturaleza está presente tanto en el exterior, en forma de parques y espacios verdes, como en el interior, en edificios que integran características naturales como luz, ventilación y vegetación.

Las ciudades biofílicas integran la naturaleza en sus elementos.

Detrás de estos principios está Timothy Beatley, autor del libro ‘Ciudades biofílicas: Integración de la naturaleza en el diseño y la planificación urbana’ y fundador del proyecto Biophilic Cities. Este comprende una red de ciudades biofílicas de todo el mundo que comparten un mismo objetivo: mejorar la conexión entre los residentes y la naturaleza.

Una de ellas es Vitoria-Gasteiz. En los 80, el ayuntamiento de esta ciudad vasca creó el Centro de Estudios Ambientales (CEA) para hacer frente a problemas de sostenibilidad derivados de un importante aumento de la población. El CEA, que años después pasó a ser un organismo autónomo, impulsa desde entonces el desarrollo sostenible de la ciudad no como un ente aislado, sino vinculándola a su biorregión, la Llanada Alavesa.

Como resultado, Vitoria es una de las ciudades europeas con más espacios verdes por habitante. Cuenta con un gran cinturón alrededor de la ciudad, espacios arbolados, huertos ecológicos y una agenda política y de actividades que impulsan un estilo de vida sostenible y conectado con la naturaleza.

Singapur, una ciudad en un jardín

Otro de los ejemplos de la red de ciudades biofílicas que más llaman la atención a nivel mundial es Singapur. En los años 60 se creó el proyecto ‘Singapur, ciudad jardín’ (que más adelante pasó a llamarse ‘Singapur, ciudad en un jardín’) para hacer la vida más agradable a sus habitantes, fomentar el turismo y aumentar el interés de inversores extranjeros.

Uno de los primeros pasos fue un proyecto de plantación de árboles que transformó la ciudad. El número de árboles aumentó de aproximadamente 158.600 en 1974 a 1,4 millones en 2014. Con los años, este programa se fue completando con otros de creación de espacios verdes y programas de ecologización y concienciación.

Hoy en día Singapur es, efectivamente, un gran jardín. Sus numerosos parques están conectados entre sí por una red de caminos verdes que permiten a sus habitantes pasear y desplazarse en bicicleta sin abandonar las áreas con vegetación. La ciudad-estado incorporó también la naturaleza en los espacios verticales, con techos verdes y jardines colgantes, y en los interiores, como sucede en el aeropuerto Jewel Changi, que combina luz natural, agua y espacios verdes.

Singapur es un ejemplo de ciudad biofílica, en la que se dan las bases del metabolismo urbano.

La integración de espacios verdes e infraestructuras sostenibles podría ayudar a conseguir varios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, como reducir el impacto ambiental negativo por cápita de las ciudades de aquí a 2030. Incluir vegetación en los edificios, por ejemplo, reduce los efectos de la isla de calor urbana. Incorporar árboles y zonas verdes en la ciudad, por otro lado, ayuda a absorber parte de las emisiones de dióxido de carbono que se lanzan cada día a la atmósfera.

Un ecosistema circular: el metabolismo urbano

El metabolismo urbano también propone entender las ciudades como ecosistemas vivos. Para ello, es fundamental comprender qué sucede con los recursos desde que entran en una ciudad desde su entorno natural hasta que salen, en forma de nuevos recursos o de residuos. Una ciudad sana sería aquella capaz de convertir todos los desechos que genera en nuevos recursos. De esta forma sería independiente de su entorno y poco contaminante.

Una ciudad con mala salud, por otro lado, sería aquella que no consigue reutilizar los desechos, generando contaminación y una gran cantidad de residuos. Hoy en día, esta es la realidad de la gran mayoría de las ciudades. Las urbes consumen el 75% de los recursos del planeta y son las responsables de entre el 60% y el 80% del total de emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial.

Ciudades sanas

El informe ‘El peso de las ciudades’, publicado por la ONU, plantea un tipo de urbanización que haría un uso reducido de los recursos naturales, funcionando así de forma sostenible y sin alterar su entorno. ¿Cuáles son sus recomendaciones?

  • Ciudades compactas y bien conectadas a través de redes de transporte público
  • Espacios públicos más eficientes gracias a redes de energías renovables
  • Edificios eficientes energéticamente
  • Mejor gestión de residuos y sistemas de reciclaje
  • Promoción de estilos de vida sostenibles

Para que se entienda mejor, ponen como ejemplo el área de Hammarby Sjöstad. Una antigua zona industrial de Estocolmo, Suecia, que la ciudad transformó en un área residencial repleta de espacios verdes, canales y vías peatonales. Hammarby Sjöstad cuenta también con un sistema de transporte sostenible y un centro educativo que promueve acciones respetuosas con el medio ambiente.

El barrio Hammarby Sjöstad, Estocolmo, es un ejemplo de metabolismo urbano.

Para acercarse a su objetivo de residuo cero, la ciudad dispone de un circuito de metabolismo urbano que garantiza sistemas sostenibles de agua, residuos y energía. Las aguas residuales se transforman en biogás y energía térmica que sustentan los servicios públicos de calefacción, por ejemplo. Los residuos sólidos, por otro lado, se transforman en abono. De esta forma se garantiza que la energía se mueva en un sistema circular y que se reduzca la generación de residuos.

Según los autores de ‘El peso de las ciudades’, gracias a la tecnología y a las infraestructuras, podría reducirse entre el 24% y el 47% del impacto sobre el agua, la energía, la tierra y los metales de aquí a 2050. Algo fundamental para lograr el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 11 de la ONU: que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles.

Imágenes | Pexels/Leah Kelley, Unsplash/Chris Barbalis, Unsplash/Peerapon ChantharainthroniStock/Roland_Lundgren

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