De barrio obrero a epicentro ‘hipster’: así ha cambiado Sant Antoni durante los últimos 80 años

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El barrio de Sant Antoni, en Barcelona, es un hervidero de actividad. Cada fin de semana es el lugar de reunión de cientos de personas para comenzar su ruta de tapeo y vermús. Y ha sido elegido por ‘Time Out’ como el vigésimo segundo barrio más cool del mundo, una lista que ha encabezado este año Embajadores, en Madrid.

Dolors Mayor lleva viviendo en este barrio catalán más de 80 años. Al pensar en el barri su cabeza sigue centrándose en la calle Parlament, en la que ha vivido toda su vida; influida, seguramente, por los recuerdos de una época en la que todo era más familiar. Un tiempo en que todos se conocían y cada calle acogía una pequeña comunidad.

La calle Parlament

Parlament es hoy la calle con más bares de Barcelona y el epicentro de la actividad de Sant Antoni. Un barrio que no ha visto cambiar mucho el número de habitantes en los últimos años (tiene alrededor de 38.300, un cifra que apenas se ha incrementado desde 2010), pero sí su estilo de vida. El 39% de la población tiene entre 25 y 34 años; y aunque la gran mayoría son personas nacidas en Barcelona, sí se ha notado un aumento en el número de trabajadores extranjeros que eligen Sant Antoni para vivir.

Lo hacen motivados por numerosas razones, comenzando por su situación. Sant Antoni se encuentra en el Eixample barcelonés, pero se ha mantenido al margen del estilo cuadriculado y del tráfico espeso que caracterizan esta parte de la ciudad. A un lado se encuentra el Raval y al otro Poble Sec, dos zonas con mucha actividad social y cultural. Y desde que el Mercat de Sant Antoni abrió sus puertas en mayo de 2018, tras más de ocho años de obras y 80 millones de euros de presupuesto, el Ayuntamiento ha peatonalizado algunas de las calles de su alrededor.

En la calle Parlament numerosos comercios han ido desapareciendo y la mayoría de sus locales se han transformado, poco a poco, en bares. No hace falta esperar al fin de semana para encontrar ambiente. “A mí me encanta”, señala Dolors Mayor. “Me gusta estar rodeada de gente joven, que siempre está riendo. El ambiente que hay es estupendo”. Eso sí, también echa de menos la vida que tenía la calle antes de convertirse en un referente para el tapeo y el vermú.

Vida de barrio (y sin coches)

“Aquí antes había un colmado, una bodega, una carbonería, una carnicería…” enumera Dolors, sin tener que abarcar más que los edificios que están delante del suyo. Se remonta a su niñez y a una época en la que algunos de sus vecinos salían con carros de caballos para ir al mercado y volvían, después, cargados de verdura que luego vendían allí. “Hoy son todo bares”, reflexiona. “Aunque también había bares en aquella época, claro. El de la bodega era El Papito. Tuvo un hijo y le llamó César por el jugador del FC Barcelona. Era muy fanático del Barça”.

Su infancia estuvo marcada también por uno de estos negocios de barrio. “Mi tía tenía una tienda de género de punto en la esquina entre Parlament y Viladomat. Mis primas y yo pasábamos mucho tiempo allí y jugábamos en la calle. Como además no había casi coches, los domingos la pandilla de amigos y amigas cogíamos las bicicletas y hacíamos carreras”, recuerda.

Punto de encuentro de trabajadores

Al echar la vista atrás para repasar la historia del barrio, Dolors Mayor hace una parada obligada en la Barcelona de las barracas. Ya a principios del siglo XX, varios puntos de la ciudad se fueron llenando de barracas que levantaban trabajadores llegados de diferentes partes de España. Y en los años 40 y 50, con el aumento de la inmigración, el número de personas que vivían en estas comunidades se multiplicó.

Uno de esos puntos fue Montjuic, la montaña que se levanta a los pies de Poble Sec y muy cerca de Sant Antoni. Se calcula que a finales de los 50 las barracas de Montjuic acogían a unas 30.000 personas, que hacían, en gran medida, vida en Sant Antoni. “En Montjuic no había comercio, solo estaban sus viviendas, por lo que cuando necesitaban algo tenían que bajar”, explica Dolors. “Aunque tenían que pasar primero por el Poble Sec, siempre terminaban comprando muchas cosas aquí. Le dieron mucha vida al barrio”.

Edificios de Barcelona.

Las barracas de Montjuic fueron derribadas entre los años 60 y 70. El jardín botánico ocupa hoy una buena parte del territorio donde éstas se levantaban. Sus habitantes fueron realojados en diferentes barrios de la ciudad y Sant Antoni siguió, por un tiempo, con sus negocios de siempre.

Una sucesión de pequeños cambios

El fenómeno de Sant Antoni como epicentro de la ruta de los vermús es relativamente reciente. Muchos señalan la apertura del bar Calders en 2011 como el inicio de este boom. No obstante, desde décadas antes fueron dándose ya algunos cambios que transformaron, poco a poco, el espíritu de barrio. “Yo encuentro que las grandes superficies, los supermercados, han cambiado mucho el ambiente familiar”, señala Dolors. “Antes en las tiendas se saludaba, se hablaba, y así se conocía a los vecinos”.

Recuerda, por ejemplo, cuando se abrió el primer supermercado cerca de la calle Parlament. Se trataba del Area Guissona en la calle Manso. Hoy este supermercado sigue allí, aunque su nombre ha cambiado a bonÁrea. En cuanto a los negocios familiares, sin embargo, Dolors no puede señalar muchos que sigan regentados por los mismos dueños. “Que yo recuerde aquí en Parlament solo está La Valenciana”, indica, haciendo referencia a una pequeña panadería. “Es la única. Ahora la lleva un nieto. Por lo demás, todas las tiendas de por aquí han cambiado”.

Quedan, también, algunos bares, como La Bodega d’en Rafel, un local que se llena cada fin de semana acogiendo a todos aquellos que buscan el espíritu de barrio que todavía queda en Sant Antoni.

Imágenes | Unsplash/Max TarkhovUnsplash/Fikri Rasyid

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