Subarrendar habitaciones (no toda la vivienda) es posible

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¿Sabíais que subarrendar habitaciones es posible si lo hace el inquilino principal? No para todos los contratos, claro, y con ciertos límites presentes en el Artículo 7 de la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU). Para pasar de la teoría a la práctica,  nos acercamos a varios pisos subarrendados de Madrid para hablar con sus ocupantes. Buscamos saber cómo vive la gente en habitaciones alquiladas y cómo es la relación que mantienen con casero e inquilino principal.

Para subarrendar, habla con tu arrendador

En el segundo piso de una vivienda de altura media de Carabanchel (Madrid) localizamos a Fabiola, de 63 años y migrante colombiana. Llegó a España hace casi cuatro décadas, y durante la crisis tuvo que ingeniárselas para pagar el alquiler por su cuenta. De modo que en 2010 habló con su casero Vicente y vieron juntos la posibilidad de subarrendar la vivienda.

“Me daba miedo la idea de vivir con más gente”, admite Fabiola, cuyo trabajo no la permitía estar muy pendiente del hogar. “Llegabas a casa y el salón estaba ocupado”. Subarrendar habitaciones va más allá de ceder un habitáculo concreto de la vivienda. También hay que compartir otros espacios, como el baño, la cocina o el salón.

“Si tienes varios baños, puedes alquilarlos por separado […] asignarlos según habitaciones”, puntualiza Vicente por teléfono. Como propietario, “lo importante es saber que te cuidan la casa; y a mí me da seguridad saber que está más ocupada”. Sobre el alquiler, ambos confirman que este no subió para Fabiola, pero que el total del subarrendamiento no puede superar el alquiler total que ella abona.

En cuanto al procedimiento de subarrendar, es tan sencillo como incluir una cláusula extra en el contrato entre particulares, y cumplir un par de condiciones muy sencillas. A mi edad [59] busco tranquilidad y no complicarme mucho la vida, y que tu inquilino se encargue de la casa es un alivio
Vicente, propietario de una casa subarrendada

Además, el negocio de Fabiola “es totalmente independiente al mío”, nos confirma Vicente. “Ella recauda su parte y yo recibo la mía. Ella se tiene que asegurar de meter a personas serias”. Hasta la fecha, Fabiola ha tenido ocho inquilinos, algunos de corta duración y otros de larga.

En cuanto al procedimiento de subarrendar, es muy sencillo, “tan sencillo como incluir una cláusula extra en el contrato entre particulares, y cumplir un par de condiciones muy sencillas”. “A mi edad [59] busco tranquilidad y no complicarme mucho la vida, y que tu inquilino se encargue de la casa es un alivio”.

“He encontrado una segunda familia”

“Se llaman unos a otros”, nos dice Fabiola en un pequeño salón atestado de muebles y de personas. La acompañan María José y Santiago, dos niños pequeños hijos de Luciana, la arrendataria de las dos habitaciones que quedan libres. “Dar con gente para las habitaciones daba mucho trabajo, pero ahora tengo que decir que no a muchos amigos de conocidos”.

La mayoría de las habitaciones se ocupan durante el curso escolar, y quedan libres unos días en verano. Fabiola hace de casera principalmente para gente de su país, con los que tiene más relación, y estos aprovechan las semanas de vacaciones para volver a ver a los suyos. “Aquí he encontrado una segunda familia”.

Las zonas comunes pueden ser muy conflictivas […]. Llevo siete años de alquiler compartido y siempre hay algún vecino que deja la ducha o la cocina sucia […]. Te encuentras de todo, he cambiado mucho de casa por no estar a gusto
Carlos, inquilino de una habitación subarrendada en un piso compartido

Señala a los niños y me dice que “estos dos son un ejemplo”. “Al principio solo eran personas con las que vivía, y ahora soy su abuela de España […]. Les llevo al colegio, les preparo la comida, y pasan la tarde conmigo”. Fabiola se considera una privilegiada porque, además, se jubiló hace unos meses. Es el ejemplo de que el alquiler compartido es una posibilidad para que personas mayores tengan compañía. “Ahora lo que me da miedo es habitar sola”.

Zonas comunes, ¿zonas conflictivas?

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Al otro lado del espectro encontramos a Carlos (31 años) y Olga (27), pareja que vive en una habitación subarrendada de un piso compartido. “Me invitó al cine y pasamos de vivir solos a vivir en pareja en una tarde”, me comenta Olga por Skype. “Pero nos hicimos fuertes, cogimos la habitación grande, y ahora pagamos menos”, nos cuenta Carlos mientras levanta un brazo en el aire en señal de victoria.

Para ellos, ser los segundos inquilinos era ya una realidad antes de estar juntos. “Los dos somos de fuera de Madrid y no encontrábamos sentido a alquilar todo un piso por persona cuando no lo vas a usar”. Olga nos hace meditar sobre el uso del espacio porque “piénsalo bien, durante más de ocho horas en días laborables estás fuera, y los fines de semana nos gusta viajar”.

Partiendo de esta perspectiva, alquilar el espacio justo tiene más sentido, pero también genera roces. A esto nos responde Carlos, que confirma que “las zonas comunes pueden ser muy conflictivas […]. Llevo siete años de alquiler compartido y siempre hay algún vecino que deja la ducha o la cocina sucia”. En esos casos, un casero atento suele poner algo de orden, “pero te encuentras de todo, he cambiado mucho de casa por no estar a gusto”.

“El orden espacial es imprescindible, y también los horarios”, sigue Manuel, sobre el que hace años cayó una “regañina” de otros inquilinos. “Pasé de vivir con mis padres a compartir piso subarrendando una habitación, y tienes que cambiar tus hábitos”.

El orden es imprescindible

Mantener limpios los espacios comunes y ser ordenado es imprescindible, tanto fuera como dentro de tu cuarto, nos señala Olga. “Fuera porque el espacio no es tuyo, lo compartes […] y nadie quiere tener que limpiar lo que tú ensucias; y dentro porque tampoco hay mucho espacio”.

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No nos enseñan la habitación “pero tenemos dos bicicletas colgadas por encima de las cabezas, para que te hagas una idea”. Está claro que no son una pareja LAT. En su caso, esta pareja ahora madrileña pero con origen en Salamanca y Murcia comparten piso de forma estable con su casero, que a la vez es inquilino del dueño. “O te llevas bien, o duras poco, y hay que adaptarse a los nuevos”.

No creo que nadie se meta en un piso compartido por elección. Al menos al principio. Yo ahora no busco otra cosa porque me permite ahorrar para una primera vivienda
Manuel, inquilino de una habitación subarrendada en un piso compartido

En la casa, que es grande, hay otras dos habitaciones subarrendadas, y Olga vuelve a señalar que el orden en la cocina es imprescindible. “A veces cenamos juntos, claro, porque coincides, pero cada uno tiene su balda y su comida [y] las habitaciones tienen cerradura”.

Esto es algo que aprendes cuando te vas a vivir fuera, dice Manuel. Es toda una experiencia que “cambia tu forma de vivir en un espacio”. “Te vuelves más ordenada, o te vuelves a casa”, cierra Olga. “También es importante repartir las tareas, o acordar quién las hará”.

Subarrendar, ¿por necesidad, o elección?

“No creo que nadie se meta en un piso compartido por elección”, nos dice Manuel, pero segundos más tarde se corrige a sí mismo: “al menos al principio. Yo ahora no busco otra cosa porque me permite ahorrar para una primera vivienda”. Olga coincide. De momento ahorran por separado, pero se ríen nerviosos cuando les pregunto sobre su futura casa, que ya están mirando.

Algo similar le ocurrió a Fabiola. “Abrí el piso de mi casero por necesidad […]. Vivía muy mal y a punto estuve de volverme a mi país […] pero hace un par de años que no necesito [ingresos extra]”. La convivencia con extraños puede ser dura al inicio, “pero te haces a su presencia y acaban por convertirse no tanto en amigos, pero sí en familiares que eres capaz de tolerar en tu nevera”, nos asegura Olga.

Vicente nos comenta que por su parte no tiene problema en dividir el piso en varias estancias, siempre que se lo cuiden. Hace décadas que vive en otra comunidad autónoma pero no descarta volver a su ciudad natal, y “si vuelvo, quiero tener el piso en condiciones”.

Imágenes | iStock/ArchiViz, iStock/arousa, iStock/SasinParaksa, iStock/Jean-philippe Wallet

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