Vivir en un monumento: un privilegio con servidumbres

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“Por las noches me encanta pasear por el pasillo y entretenerme en mirar por los ventanales bien la terraza, bien las estrellas y la luna. Me produce una sensación de irrealidad, como de estar en un castillo o formar parte de un hermoso cuento”. Este es un fragmento de La última vecina, una novela que narra la vida de un personaje de ficción, Martina Meseguer, última inquilina de La Pedrera, la casa más famosa de Gaudí en Barcelona. La cuestión es que la autora del libro, Ana Viladomiu, es en efecto la última habitante que queda en el edificio. En el libro narra la vida de su alter ego desde su propia experiencia, la de vivir cada día en un monumento.

Como Ana, hay otros españoles que habitan en edificios singulares. Palacios, castillos, hitos de la arquitectura o monasterios son, para algunas familias, el escenario en el que cocinan, ven la televisión, duermen y hacen los deberes cada día. Es todo un privilegio que, no obstante, tiene ciertas servidumbres que conviene conocer al plantearse este estilo de vida. Tanto si se decide adquirir uno de estos inmuebles como alquilarlo para vivir en él.

Vivir de alquiler en La Pedrera

Pedrera vivir en un monumento

La historia de la Casa Milà de Gaudí —o La Pedrera, como se conoce popularmente— arranca a principios del siglo XX, cuando el matrimonio formado por Pere Milà y Roser Segimon encarga a Gaudí la construcción de un edificio de viviendas en el Paseo de Gracia de Barcelona. Ellos ocuparon el piso principal y el resto se alquiló. Con el paso del tiempo, la propiedad fue cambiando de manos y de inquilinos.

Hoy es el único edificio del mundo que mantiene cinco usos: turístico, ya que está abierto al público para visitas diurnas y nocturnas; cultural y social, porque acoge exposiciones y otros actos; administrativo, porque es sede de la Fundación Catalunya La Pedrera; comercial, por el alquiler de oficinas y comercios; y residencial, porque todavía hay viviendas en alquiler.

“Todas las actuaciones que queramos hacer tienen que obtener permisos especiales y supervisión por parte de la Administración. En este tipo de edificios históricos inventariados, es necesario respetar los materiales y las estructuras”

María González Prats, propietaria de la Casa Palacio Ramírez de Arellano de Marchamalo

La única inquilina que hoy vive habitualmente en La Pedrera es Ana Viladomiú y lo hace gracias a un alquiler de renta antigua. Tal y como declaraba en una entrevista, “con lo poco que pago por vivir en un lugar tan extraordinario en el corazón de Barcelona, sería muy tonta si decidiera mudarme a otro lugar”.

Un Gran Hermano patrimonio de la humanidad

Patio vecinos en La Pedrera

Eso sí, la escritora es consciente de que el suyo es un privilegio que tiene ciertas servidumbres. La Pedrera fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1984, después de que ella se mudara a vivir allí. Eso supone la visita de un millón de turistas cada año al edificio en el que ella hace su vida.

“Si yo me asomo a una de las ventanas que dan al patio, los turistas me hacen fotos desde el tejado. Es todo muy curioso. Es como un Gran Hermano, pero, en lugar de un Gran Hermano VIP, un Gran Hermano Patrimonio de la Humanidad”, explicaba Ana Viladomiu a El País Semanal. También narraba lo extraño que resulta pasar por arcos de seguridad o con bolsas de la compra ante hileras de visitantes que protestan porque creen que se quiere saltar la cola para comprar entradas.

Habitar (y trabajar) una Casa Palacio del S. XVI

Entrada a Las Llaves Marchamalo

De un edificio del siglo XX a otro de 1557 que albergó a Felipe II y a Felipe V. La Casa Palacio Ramírez de Arellano de Marchamalo (Guadalajara) sirvió como lugar de descanso al primer monarca y como cuartel general al segundo durante la Guerra de Sucesión. Hoy acoge el restaurante Las Llaves en su planta baja y a la familia que lo regenta, que vive en el primer piso.

“Cuando compramos la casa en 1996, no sabíamos bien dónde nos habíamos metido”, explica María González Prats. “Tuvimos que rehabilitarla muro por muro y con la ayuda de una empresa especializada en este tipo de edificios. Como tiene cierto nivel de protección por su carácter histórico y además queríamos respetar su esencia, no podíamos realizar las obras de cualquier manera. Como resultado, tuvimos que afrontar una obra larga, cara y complicada. Tardamos casi dos años en poder poner en marcha el restaurante y terminar la vivienda”.

“Al principio, vivir aquí se me hacía raro. Una casa histórica como esta tiene peculiaridades, como ruidos extraños y cuesta adaptarse. Eso sí, con el paso de los años he conseguido hacerla mía. Y reconozco que poder disfrutar de una vivienda así es una maravilla”

María González Prats, propietaria de la Casa Palacio Ramírez de Arellano de Marchamalo

Realizar reformas y trabajos de acondicionamiento no resulta sencillo en una casa de estas características. “Todas las actuaciones que queramos hacer tienen que obtener permisos especiales y supervisión por parte de la Administración. En este tipo de edificios históricos inventariados, es necesario respetar los materiales y las estructuras. Por eso, abrir un hueco en una pared o cambiar una ventana son procesos mucho más complicados que en viviendas convencionales”, señala.

Un ser vivo de madera, ladrillo y piedra caliza

Fachada Las Llaves Marchamalo

Vivir en una casa palacio con varios siglos encima también tiene sus peculiaridades. “En un edificio de estas dimensiones y con un gran patio, tenemos que llevar walkie-talkies para hablar entre nosotros o utilizar el teléfono. Incluso algo que puede parecer tan normal como regular la temperatura de la vivienda es distinto a hacerlo en una casa más moderna”, destaca María.

“También es cierto que constantemente hay algo que reparar. Siempre digo que esta casa es como un ser vivo. Es un auténtico lujo poder vivir en ella. Eso sí, es un privilegio que requiere inversión, trabajo y cuidados”, añade.

Salón Cienfuegos

La propietaria de la Casa Palacio Ramírez de Arellano reconoce que, al principio, le costó acostumbrarse a su nuevo hogar. Por las expresiones que utilizan ambas, parece que uno de los mayores retos que los monumentos plantean a sus habitantes es que logren hacerlos suyos.

“Al principio, vivir aquí se me hacía raro. Una casa histórica como esta tiene peculiaridades, como ruidos extraños y cuesta adaptarse. Eso sí, con el paso de los años he conseguido hacerla mía. Y reconozco que poder disfrutar de una vivienda así es una maravilla”, concluye.

Imágenes | Las Llaves, iStock/Ershov_Maks, Unsplash/Perotto, David Ruesseler, Maroonsun, Florencia Potter.

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