¿Qué es la neuroarquitectura y cómo puede cambiar nuestras viviendas?

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La idea de entrar en un estudio de arquitectos y encontrarse con electrocardiogramas o electroencefalogramas entre planos, mapas y fotografías puede sonar a historia de ciencia ficción. Sin embargo, está más cerca de lo que imaginamos.

La neuroarquitectura es una rama de la arquitectura en la que se trabaja mano a mano con científicos, para entender de forma objetiva cómo el entorno modifica nuestras emociones. Con ella se busca construir espacios que mejoren el bienestar de las personas, incluidas sus viviendas, los centros de trabajo o los de ocio, entre otros.

Buenas sensaciones

¿Cuántas veces hemos notado que los lugares cálidos, bien proporcionados y con mucha luz natural nos producen una sensación de calma? ¿O que determinados materiales y colores nos invitan a la relajación? Sin duda, muchas. Se trata de sensaciones que la mayoría compartimos.

La neuroarquitectura estudia cómo los humanos nos sentimos en los espacios construidos desde un punto de vista científico.

La neuroarquitectura quiere dar un paso más allá y trasladar estas sensaciones a datos objetivos y medibles, que sirvan para entender mejor cómo los humanos nos sentimos en los espacios construidos desde un punto de vista científico. Para hacerlo, los neuroarquitectos cuentan con herramientas médicas, pero también con innovaciones tecnológicas.

Es posible, por ejemplo, medir la actividad cerebral de las personas cuando están interactuando con un espacio construido. Es decir, cuando están tocando sus materiales, observando sus espacios o sintiendo su temperatura. Si se combinan con otras mediciones, como por ejemplo la frecuencia cardíaca, puede registrarse cómo van cambiando sus niveles de estrés o de ansiedad.

Todos estos datos pueden trasladarse a ordenadores o bases de datos para ser posteriormente analizados. En este punto entra en juego el big data o el machine learning, fundamentales para interpretar los resultados.

Otra tecnología que promete estar cada vez más presente, tanto en la arquitectura en general como en la neuroarquitectura en particular, es la realidad virtual. Con ella es posible situar a una persona en entornos de cualquier tipo para analizar cómo su organismo reacciona ante las construcciones y cómo le afectan los cambios: de un suelo de madera a otro de baldosa. Techos más altos o más bajos. O incluso soluciones que, a priori, ni contemplábamos: ¿habitaciones cuadradas o con otras formas geométricas?

La , neuroarquitectura utiliza tecnologías para analizar las respuestas de las sensaciones.

De la vacuna de la polio a centros de investigación

Lo que estudian los neuroarquitectos, realmente, no es nada nuevo. Desde hace siglos, la arquitectura ha buscado crear espacios agradables para los seres humanos y capaces de mejorar su bienestar. La única diferencia está en las herramientas que permiten estudiar las emociones con objetividad.

A mediados del siglo pasado, el biólogo Jonas Salk se encontraba inmerso en una investigación: buscaba la vacuna para la polio. Atascado, decidió abandonar una temporada el laboratorio de Pittsburg (Estados Unidos) donde trabajaba y viajar a Italia. Mientras se alojaba en la Basílica de San Francisco de Asís, su mente volvió a dar vueltas a la investigación y acabó dando con la solución final para crear la vacuna.

Salk estaba convencido de que la quietud de la basílica había sido fundamental para su inspiración. Años después, en 1965, fundó junto al arquitecto Louis Kahn el Instituto Salk (en La Jolla, California), una instalación científica que buscaba alentar la creatividad y terminaría sentando las bases de la relación entre espacio y productividad. Y, más adelante, la neuroarquitectura.

Otro paso importante se dio en 1998, cuando el neurocientífico Fred Gage descubrió que el cerebro humano continúa produciendo neuronas en la edad adulta (hasta ese momento, se pensaba que nacíamos con un número limitado de ellas). Interesado por cómo nuestro entorno influye en nuestro cerebro, fundó en 2003 The Academy of Neuroscience for Architecture (en San Diego).

En España, el grupo de investigación LENI (de la Universidad Politécnica de Valencia) se encarga también de estudiar de forma científica y cuantificable cómo los espacios influyen en las personas. En sus experimentos se usan tecnologías de realidad virtual, sistemas de medición como eye-tracking o machine learning, entre muchos otros.

Más cómodos, creativos y resolutivos

Utilizar la ciencia para crear espacios más acordes a nuestras necesidades puede ayudar a optimizar nuestras viviendas y otros espacios. No es nada nuevo que nuestro entorno influye en cómo descansamos, producimos y nos sentimos.

Utilizar neuroarquitectura en los colegios, por ejemplo, podría impactar en el rendimiento de los alumnos. Hacerlo en espacios de trabajo podría tener consecuencias positivas en términos de productividad y creatividad de los empleados. Y en otros lugares en donde es fundamental mantener la calma, como en salas de espera o habitaciones de hospitales y centros médicos, puede tener un impacto directo en la salud.

La disciplina es interesante para crear espacios los que es fundamental mantener la calma.

Estudios de diferentes campos han analizado en numerosas ocasiones cómo el contacto con la naturaleza mejora nuestra salud (principio del que surge la arquitectura biofílica) o cómo la iluminación artificial afecta a nuestros ritmos circadianos, por ejemplo. La neuroarquitectura se presenta como una oportunidad para seguir profundizando en estos principios y, además, poder analizarlos antes de construir.

Y es que con esta disciplina los datos ya no tendrán que obtenerse retrospectivamente. Gracias a la medición de nuestros registros neurofisiológicos, podrán estar disponibles incluso antes de colocar los cimientos de la nueva edificación.

Imágenes | Unsplash/Jesse orrico, Unsplash/Jakari Ward, Unsplash/Liane Metzler, Unsplash/Jan Genge

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